Dice el psicoanalista Francisco Pereña:
” (…) la sumisión se confunde con el poder, y la humillación pasa a ser moneda de cambio de una pertenencia. Sin ella, la pertenencia carece de consistencia. Esta mujer, sin embargo, no puede olvidar; aún busca en su pareja la protección y le asalta a la vez el mismo temor a ser maltratada o abandonada, o maltratada y a la vez abandonada. No sabe qué hacer. Apenas comienza a comprender que su pareja la necesita pero no la ve, que el hombre suele necesitar esa dependencia pero no confesarla, que ha de ser ella la que cargue con ser la portadora de la dependencia; que es ella la que aparece como quien quiere y necesita, no él, que él tiene la imperiosa necesidad de no reconocer la propia dependencia de ella (…) (Si esa mujer) está advertida, puede quizá darse más cuenta de que pretender de ese hombre una certificación de amor y de pertenencia únicamente lo podría conseguir creando un vínculo exclusivo de culpa, y esa mezcolanza de culpa y reivindicación es un infierno. Tal vínculo es una atadura cruel que consolida la dependencia (del varón), agresiva y asustadiza.
Una dependencia en la que no gobierne el amor (…) está condenada a ser exclusivo escenario fantasmático del poder y la sumisión sadomasoquista.”
Una dependencia en la que no gobierne el amor (…) está condenada a ser exclusivo escenario fantasmático del poder y la sumisión sadomasoquista.”
(F. Pereña, Soledad, pertenencia y transferencia, Madrid: Síntesis, 2006)
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No todo vale por afecto o amor. Lo difícil para muchas mujeres es la necesidad que sentimos de tener ese lugar en el otro, esa pertenencia que te da el amor, y no obtener esa “certificación” por parte de un cierto tipo de hombre al no ser capaces para conseguirla de manipularlo con la culpa, con la victimización, o la hipocondría, que lo paralizará, lo someterá y lo atará (infelizmente) a nosotras, porque nos parecen actitudes innobles e indignas, porque valoramos y respetamos demasiado la libertad propia y ajena para hacerlo, porque sabemos que eso sólo nos hará infelices a todos; porque, en definitiva, nos repugna. Y porque no queremos a nuestro lado súbditos con culpa y sometimiento (que no tienen nada que ver con el amor), a los que inevitablemente dejaríamos de valorar. Es una aporía; no hay solución. Creo que precisamente por negarnos a establecer un vínculo insano (que el propio Pereña describe como un lugar desolado y atormentado donde la demanda de incondicionalidad está hecha de “exigencia y atosigamiento” creando una relación sin vida basada en “el temor y la culpa” que acaba con el amor e incluso con el deseo sexual) en lugar de ser premiadas y reconocidas, recibiremos todas las bofetadas en la cara. No sé si esto es una situación irrevocable incluso aunque haya una correcta y larga terapia psicoanalítica. Si esto es inmodificable, con un hombre incapaz de mantener relaciones no-patológicas, que nunca reconocerá lo mucho que nos necesita ni actuará en consecuencia, y que está convencido de que simplemente le pertenecemos (con el descuido que esto conlleva) porque le somos necesarias, y con nosotras incapaces de exigir, de pedir, o culpabilizar, pero necesitando salvajemente pertenecer, la salvación, en estas relaciones patologizadas, pasa irremediablemente por el alejamiento por parte del individuo menos enfermo de los dos. No veo otra solución, por triste que ésta sea. Y como dice la poeta Alta, “I’m not a practising angel”.
No todo vale por afecto o amor. Lo difícil para muchas mujeres es la necesidad que sentimos de tener ese lugar en el otro, esa pertenencia que te da el amor, y no obtener esa “certificación” por parte de un cierto tipo de hombre al no ser capaces para conseguirla de manipularlo con la culpa, con la victimización, o la hipocondría, que lo paralizará, lo someterá y lo atará (infelizmente) a nosotras, porque nos parecen actitudes innobles e indignas, porque valoramos y respetamos demasiado la libertad propia y ajena para hacerlo, porque sabemos que eso sólo nos hará infelices a todos; porque, en definitiva, nos repugna. Y porque no queremos a nuestro lado súbditos con culpa y sometimiento (que no tienen nada que ver con el amor), a los que inevitablemente dejaríamos de valorar. Es una aporía; no hay solución. Creo que precisamente por negarnos a establecer un vínculo insano (que el propio Pereña describe como un lugar desolado y atormentado donde la demanda de incondicionalidad está hecha de “exigencia y atosigamiento” creando una relación sin vida basada en “el temor y la culpa” que acaba con el amor e incluso con el deseo sexual) en lugar de ser premiadas y reconocidas, recibiremos todas las bofetadas en la cara. No sé si esto es una situación irrevocable incluso aunque haya una correcta y larga terapia psicoanalítica. Si esto es inmodificable, con un hombre incapaz de mantener relaciones no-patológicas, que nunca reconocerá lo mucho que nos necesita ni actuará en consecuencia, y que está convencido de que simplemente le pertenecemos (con el descuido que esto conlleva) porque le somos necesarias, y con nosotras incapaces de exigir, de pedir, o culpabilizar, pero necesitando salvajemente pertenecer, la salvación, en estas relaciones patologizadas, pasa irremediablemente por el alejamiento por parte del individuo menos enfermo de los dos. No veo otra solución, por triste que ésta sea. Y como dice la poeta Alta, “I’m not a practising angel”.
Afortunadamente.
Marisol Sánchez



El concepto de sumisión dentro de la pareja es complejo y el problema radica precisamente en lo que dice Pereña al comienzo del texto citado “la sumisión se confunde con el poder”. Evidentemente cuando se establece una relación de amor hay una pérdida del propio narcisismo en favor del otro, pero esta pérdida ha de ser recíproca y alternativa entre los dos miembros del binomio. Cuando esta donación, este regalo de una parte del yo, por amor, hacia el otro,sólo se establece en una dirección es cuando se confunden los términos y se produce la humillación, el miembro de la pareja que recibe considera dicho regalo como producto de su fuerza y poder y no como elemento necesario para que se establezca una relación amorosa.
Cuando al hombre (o mujer) le cuesta aceptar que él también depende de ella-él, es porque (y esto hay que aceptarlo) no tiene seguros sus sentimientos; cuando hay verdadero amor no se puede provocar la humillación del otro, sólo los auténticos cobardes y mezquinos pueden sentir placer al ver que “ese” al que se dice que se ama, al mismo tiempo se humilla para poder conseguir ser amado.
El mayor de los desequilibrios sucede en casos en que el hombre es absolutamente narcisista y la mujer creída de una fuerza especial, dona y dona hasta que su propio yo queda menospreciado, minusvalorado en términos de pérdida completa de autoestima.
Por eso y como muy bien dice el texto al final ” Una dependencia en la que no gobierne el amor, está condenada a ser exclusivo escenario fantasmático del poder y la sumisión sadomasoquista.”
Por: María José (mimesisazul) el 26/07/2009
a las 4:45 pm