Posteado por: box8 | 05/07/2009

ADAM ZAGAJEWSKI: “Hay que estar despierto para ser despertado”

Adam Zagajewski (Lvov, actual Ucrania, 1945):

Refiriéndose a la hermosa novela -libro de memorias En la belleza ajena (2003) donde recuerda sus orígenes como poeta y las ciudades en las que vivió entonces: “Cracovia es muy importante para mí. Tiene esa forma medieval con un centro renacentista que me ayuda a organizar mi vida mental. En cambio, me pierdo en las ciudades de Estados Unidos. No tienen centro, son amorfas; no se puede establecer una correspondencia entre la vida interior y la ciudad. En Cracovia, sí (…) Kazimierz, el desolado barrio judío de Cracovia, era como un desierto (…) Desde la infancia o la pubertad soy muy sensible al Holocausto (…) el recuerdo del gran mal que estaba presente en la ciudad de mi infancia casi me paraliza. Y tenía una abuela antisemita que detestaba. En el Kazimierz sólo vivían vagabundos, alcohólicos y prostitutas. Una especie de maldición había caido sobre aquel sitio.”

“Leer poesía requiere mucha energía. El lector de poesía también es un poeta, un poeta que ha decidido no explicarse (…) Detesto el patetismo. Soy partidario de un concepto (de poesía) en el que la ironía no esté ausente. Algo sublime que ha sobrevivido a Auschwitz, un sublime mutilado.”

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 Una mañana en Vicenza
 (En memoria de Josef Brodski y Krzysztof Kieslowski)
 
El sol era tan tierno, tan delicado,
que hasta temíamos por él; un ademán incauto
podía rayarlo, incluso un grito -si alguien hubiera
querido gritar- lo habría puesto en peligro; tan sólo a las veloces golondrinas
de alas duras, como de hierro fundido,
se les permitía silbar en alta voz, porque vivieron
            su infancia
breve, en la inquietud de sus nidos de barro,
junto a sus hermanos, pequeños planetas locos,
negros como bayas silvestres.
En un pequeño café un mozo soñoliento -bajo sus ojos
las últimas sombras de la noche acumuladas- buscaba calderilla
en su bolsillo sin fondo, y el café olía a solemnidad
de tinta de impresión, a dulzura y a Arabia. El azul del cielo prometía
una larga tarde, un infinito día.
Te estaba mirando como si te viera por primera vez.
Y hasta las columnas de Palladio tenían aspecto
de recién nacidas, de recién surgidas de las olas del alba
como Venus, tu compañera mayor.
Empezar de nuevo, contar las pérdidas, contar a los caídos,
empezar el nuevo día, aunque ya no estéis, tú,
a quien dos veces enterramos y lloramos dos veces,
-viviste una vida dos veces más intensa que otros, en dos continentes,
dos idiomas, en la realidad y en la imaginación- y tú, de cara afilada
y una mirada que hacía crecer los objetos y los corazones
          (siempre demasiado pequeños).
No estáis, y por eso llevaremos a partir de ahora una doble vida,
en la luz y en la sombra a la vez, en el sol estridente del día,
en la frescura de los pasillos de piedra, en el duelo, en la alegría.
 
(Versión de Elzbieta Bortkiewicz) 
Vicenza

Vicenza

 

Bárbaros

Éramos nosotros los bárbaros.
Era ante nosotros que temblabais en los palacios.
Nos esperabais con el corazón estremecido.
Era sobre nuestras lenguas que decíais:
quizás se formen sólo de consonantes,
de susurros, murmullos y hojas secas.
En los negros bosques vivíamos nosotros.
Era a nosotros que nos temía Ovidio en Tomos,
éramos nosotros los que veneraban a dioses
cuyos nombres no sabíais pronunciar.
Pero también nosotros conocimos la soledad
y el temor, y deseamos la poesía.

 

Canción del emigrado
En ciudades ajenas venimos al mundo
y las llamamos patria, mas breve es
el tiempo concedido para admirar sus muros y sus torres.
Caminamos de este a oeste, ante nosotros rueda
el gran aro del sol
ardiente, a través del cual, como en el circo,
salta ágilmente un león domado. En ciudades extrañas
contemplamos las obras de viejos maestros
y, sin asombro, en añejos cuadros vemos
nuestros propios rostros. Habíamos existido
antes, e incluso conocíamos el sufrimiento,
nos faltaban tan sólo las palabras. En la iglesia
ortodoxa de París los últimos rusos blancos,
encanecidos, rezan a Dios, varios lustros
más joven que ellos y, como ellos,
impotente. En ciudades ajenas
permaneceremos, como los árboles, como las piedras.
 
(Versión de Elzbieta Bortkiewicz)
 

Respuestas

  1. Personas, como la que dirige este blog, son las culpables de que cada día me vuelva más adicto a la poesía y a la literatura…

  2. No sabes cómo te agradezco tus palabras.


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