Posteado por: BOX8 | 18 abril 2010

AUGUSTINE, LA HYSTÈRIQUE, LA MYSTÈRIQUE (II)

Augustine en éxtasis. De “Iconographie fotographique de la Salpêtrière”

Unas cinco mil mujeres, indigentes, locas y abandonadas en su mayoría, residían en el hospital parisino de la Salpêtrière a finales del XIX. Entre todas ellas, destacaban “las histéricas”, máquinas para la imitación perfecta de la locura circundante.

La histérica es SIEMPRE la manifestación del espíritu de su época. Por eso se dice con frecuencia que “ya no quedan locas así”. Aunque siguen existiendo las histéricas “pasionales”, ahora la manifestación más palpable de la histeria femenina es el control férreo que ésta ejerce de maneras variadas sobre su cuerpo: matándolo de hambre, atiborrándolo a comida vomitada más tarde, llenándolo de tabaco, café o cocaína…, probando sus límites y su “elasticidad” extremos. Ya no son mayoritariamente aquellas reprimidas calientabraguetas de la segunda mitad del XIX y principios del XX, sino mujeres con una sexualidad que puede ser incluso muy promiscua. Lo cierto es que para ellas, a pesar de que pueda parecer lo contrario, su único deseo ha sido siempre mantener su deseo insatisfecho y asegurarse así de que éste siga existiendo.

El estudio de Didi-Huberman sobre la representación fotográfica de la histeria (La invención de la histeria: Charcot y la iconografía fotográfica de la Salpêtrière, Cátedra, 2007) es excelente y deja muy claro en él que ese catálogo es en general obscena pornografía médica. Obscena por la exhibición que muestra de unas pobres mujeres alienadas de sí mismas, abandonadas, expuestas a una mirada clínica sexualizada. Efectivamente, la mirada médica que vigila también desea – de manera reprimida y casi pulsional. Y ante esa mirada, las histéricas como la joven Augustine se plegaban, adaptándose a lo que se esperaba de ellas, adaptándose al deseo del Otro. Aunque sé que Augustine es una heroina muy divertida para muchos, a mí no deja de darme grima la manera en que se iba autodegradando para dar gusto a Charcot y al resto de la pandilla, hasta que dejó de obtener beneficios. Entonces sí que pudo, muy asertivamente, salvar el culo huyendo de la espantosa Salpêtrière vestida de hombre.

La mirada que taumatúrgicamente aparece tras estas fotos es una mirada que degrada un comportamiento (¿un acting-out?) degradado. Una mirada que en un paroxismo de autoafirmación narcisista cree que es omnipotente y puede hacer que el Otro (la otra) se la devuelva como él desea para así completar su delirio de dominio y, por tanto, su goce. El médico reconvertido en artista con cámara y la histérica-caprichosa dirigida de manera teatral y reconvertida en un maniquí espasmódico ejecutan un escalofriante ritual à deux plasmado en una serie de fotografías de una gran violencia subliminal. Y en el fondo de todo, Augustine, la histérica-objeto, no les importaba a aquellos médicos probablemente nada. Qué lamentablemente habitual.

[Marisol Sánchez Gómez. Véase también “La histeria (y otros poemas no clasificados como tal”) en este mismo blog].


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