Posteado por: BOX8 | 17 septiembre 2010

“BACK TO THE GRIND, NOW!”

Back to the grind:

Por si las cosas no fueran ya suficientemente estimulantes, ahora el horror-horro camina duplicado por los pasillos. Igual de gordos que los gemelos de Tim Burton pero mucho menos simpáticos, Tararí y Tarará, avanzan como dos pimpones, sosteniéndose, sustentándose, compartiendo un paso aparentemente seguro pero en realidad tambaleante. Su lenguaje corporal los delata y muestra todo a la luz y al ojo atento: la maldad, la cobardía, la soberbia, el fingimiento, la manipulación, las mentiras del uno y la ciega y sometida creencia en esas mentiras del otro. A veces sucede que tras despojar a alguien de sus falsos ropajes, lo que queda no es sólo la encanijada desnudez del rey tonto del cuento, sino un plus de repugnancia, un exceso de excremento. Y ahí van, aislados y envueltos en un círculo embrujado de gordura y ofensa, de sebo y soledad.


Responses

  1. Los fascismos cotidianos. Bienvenida y esperemos que mejoren las condiciones ambientales.

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  2. La crueldad y la estupidez se encuentran por todas partes a nuestro alrededor. Nunca he creído en una maldad intrínseca al ser humano, o al menos la poca inocencia que me queda me impide creer que exista, aunque a veces el día a día me hace dudar de ello, ¿por qué una persona se ceba sobre uno sin justificación?

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  3. Hola Juanpe: yo tampoco creo en la maldad intrínseca como un absoluto pero sí creo (sé) que hay gente cuyo posicionamiento ético (lamentable) les hace tener un mecanismo de defensa automático e infalible: cada vez que me veo en peligro o cuestionado porque mis errores o actos deplorables son percibidos por los demás (e incluso denunciados), me pongo a lanzar mierda con ventilador sobre otros. Así pues, siempre hay alguien que es el causante, o el autor, o el “cerebro”, o el maledicente que lo inventa todo, y ellos se autoexoneran, como almas puras, como víctimas de un complot generalizado de tintes paranoides. Un asco. Lo curioso es que aunque engañan todavía a algunos que no quieren percibir la sórdida realidad, lo cierto es que acaban siendo vistos por todos, o casi todos, tal como son. Y así caminan: más solos que la una.
    Esta postura de denegación de la realidad no es enfermedad, no debe ser patologizada; es sólo una postura ética inmoral. Y, créeme, es más frecuente de lo que parece. El lugar de trabajo suele ser un fantástico observatorio-panópticum de todo esto.
    Por cierto, estoy preparando un post sobre Lady Gaga. A ver qué te parece cuando lo cuelgue. Un beso.

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