Posteado por: BOX8 | 24 febrero 2011

EL GRADO CERO DEL AMOR

Parte de la conferencia titulada CUERPO OFRECIDO, CUERPO DEVORADO, CUERPO REIVINDICADO: UN RECORRIDO POÉTICO, impartida por la autora de este blog en la Universidad Autónoma de Madrid dentro del curso de Humanidades Contemporáneas ESCRITO EN CUERPO DE MUJER, celebrado del 21 de febrero al 4 de marzo (de próxima publicación)

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Algunos autores señalan que no hay reparación posible para la pérdida primigenia de la madre pre-edípica y que, por tanto, todas las mujeres estamos sometidas a un duelo perpetuo condenado al fracaso; a una condición melancólica de la feminidad (Natividad Corral, Cuerpo femenino y creación”).

Algunas psicoanalistas feministas aventuran que quizás ese abandono de “lo materno” (lo que Julia Kristeva definía en su libro La revolución del lenguaje poético como la kora semiótica, en la que la autora identificaba lo semiótico con una suerte de impulso corporal asociado al cuerpo materno, sus tonos, sus ritmos y movimientos) es precisamente el origen de la consideración de lo femenino como secundario en el orden simbólico patriarcal. En medio de la tormenta psíquica que representa la etapa edípica, presidida por la escisión y la pérdida del recurso materno, la niña vuelve al padre, y más tarde a los hombres si ella es heterosexual. Pero el padre, el hombre, nunca podrá ser recurso de identidad femenina, por ello la mujer, que tan frecuentemente muestra signos de “privación” (o fijación a esa pérdida primigenia que he comentado anteriormente), se manifiesta generalmente como “adicta al amor”, en una deriva que en muchas ocasiones concluye en una fijación a la demanda del otro, o en la identificación con el objeto del fantasma de su pareja.

Sharon Olds, en su “Poema para mi primer amante” habla del amor-ceguera, de la entrega inmolada de ese cuerpo ofrecido (tan plásticamente descrito) precisamente a alguien que no puede valorar ese suntuoso regalo:

POEMA PARA MI PRIMER AMANTE  (Sharon Olds)

Ahora que comprendo, me gusta

pensar en tu horror: te habían dado una joven

loca de amor, largo cuerpo

lozano y crudo, delgado como un jabón

gastado, pechos redondos y turgentes y

opalinos como pompas de jabón,

colocada entre tus piernas, dieciocho años,

intacta. Me gusta entender tu

horror, ahora, la forma en que la tomaste,

desvirgándola como si destripases un pescado,

marchándote en la mañana hablando de una esposa.

                     Ahora que sé

algo del miedo al amor

me gusta pensar en su cuerpo incandescente

verduzco como un pez sacado a tierra, retorciéndose

a palmetazos contra una roca – caída en tu

regazo, hombre, estremeciéndose como tu polla,

una mujer enajenada de amor, recién

salidita, punzante como una herramienta a estrenar,

centelleante sobre tus muslos y todo lo que

podías hacer con tanto horror era arrancar su fruto como a un

caracol para sacarlo de su negra concha y después

deshacerte de ella. Me intimida que el horror

se cobre tanto, estoy enamorada de la chica que fue

a ofrecerse, vino a ti y

lo dispuso todo como un manjar en una bandeja, la

dulce carne — sí, sí,

acepto el regalo.

(Edit. Bartleby. Trad. J. J. Almagro Iglesias y Carlos Jiménez Arribas).

¿Qué encuentra esta mujer que busca alojar su ser pulsional y libidinal en el Otro? El brutal desgarro del desamparo ante un Otro que no la aloja; la caída del ser del sujeto ante lo que Lacan denominaba “el grado cero del amor”, hecho de la indiferencia que siente el Otro ausente. Y ese abandono genera una angustia masiva. Y ese amor, que es buscado a veces a costa de la renuncia a lo que íntimamente se es, coloca a la mujer en una situación difícilmente sostenible. Y es en ese vacío en el que la palabra de amor cobra una importancia primordial. Muchas son las mujeres que, tal como

asegura la psicoanalista Piedad Ruiz, hablan en la consulta de haber tenido experiencias sexuales sin amor y en cierto modo anónimas (sin palabras) y haber sufrido después una angustia, una sensación de vacío y de desamparo, que a veces se salda con los síntomas típicos del estrés post-traumático. Y concluye: “Cuando una mujer es interpelada en su deseo, la mediación de la palabra y del amor evita una confrontación directa con esa angustia traumática” (El maltrato a la mujer: Enfoque psicoanalítico a través de su historia y su clínica, edit. Síntesis). Terrible condena pues para tantas mujeres que necesitan que el goce esté ligado a las palabras y al amor; unas palabras que “el deseo femenino busca en el otro como buscando una cercanía en la alteridad”, a pesar de que el encuentro con el otro, en su singularidad, no siempre resulta satisfactorio. Psicoanalistas como Jeanne Lampl-de-Groot, Ruth Mack Brunswick y Helen Deutsch sostienen que la inhibición, la depresión y la violencia son frecuentes manifestaciones de la patología del amor; patología que afecta tanto a hombres como a mujeres pero que es en los hombres donde se expresa con mayor virulencia por considerar que el amor no es ajeno al ejercicio de poder.

Marisol Sánchez Gómez


Responses

  1. También Cernuda decía: “este inútil trabajo de quererte / que tú no necesitas”. Y yo me repito, siempre, siempre: pero cómo renunciar a ser “cuerpo incandescente”, con todas las palabras en la piel. Cómo renunciar a que lo que te toquen en la piel sean las palabras, justamente. Es decir: es mi derecho. Quiero poder ser eso de vez en cuando. Quiero poder abandonar toda precaución. Quiero librarme de las prevenciones que me arman el cuerpo y las palabras todos los días en la calle. Y entonces viene la contrapartida: en esa situación, uno está tan libre como expuesto.

    Ahora bien, el necio, el torpe, ¿tienen responsabilidad en el destino de ese exponerme por mi parte? No hablo de crueldad manifiesta, sino de estupidez (aunque quizá una y otra cosa tienen que ver: me estoy acordando de la Arendt, y aquello de la banalidad del mal). En cualquier caso, ¿qué culpa tiene el lector medio de que la poesía de Mallarmé le parezca desechable, si es que carece de sensibilidad alguna para valorar aquello? Y sin embargo, junto a esta me surge también la pregunta opuesta: ¿no debería mediar un instinto ético (siquiera instinto, una pequeña intuición) en cualquier relación entre seres humanos? ¿Algo tan sencillo como saber que lo que uno tienen entre manos es una persona, y que algo preciosísimo hay en su piel, justamente, en su piel?

    Y el caso es este: que no media. O que media en muy pocas ocasiones. ¡Por Dios, estamos en la postmodernidad! ¡La calle es una gran comuna despreocupada! ¿Después de quitarle al sexo de encima el peso de la moral católica vamos a tener que andarnos de nuevo con miramientos?

    De modo que donde el otro no pone ética tengo yo que poner doble conciencia. Y desechar toda relación donde no medie. ¿Quién quiere compartir su tiempo con alguien que desecha la poesía de Mallarmé? Se da uno cuenta de aquello que decía la Dickinson: que si las tazas se han roto ha sido porque ha puesto uno lo más preciado que poseía sobre una estantería carcomida. O más comúnmente, lo de las margaritas y los cerdos. Ahora bien: eso lo arroja a uno a la soledad. O solo, o prevenido, o expuesto. Mis tres alternativas. Y ninguna de ellas es la buena, porque sigue estando ahí la piel y siguen las palabras queriendo ser tocadas.

    Aviados estamos.

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  2. UFFF!!!! Totalmente de acuerdo. Tu reflexión es la mia. Y se me ocurren muchas cosas que contestarte aunque me temo que en algunas cosas sólo puedo divagar un rato.
    La eterna pregunta: ¿expuestos o solitarios? Hace tiempo que reflexiono sobre esto y he llegado a la conclusión de que en las relaciones personales no hay justicia; que no se puede exigir ni buscarla pues te toparías siempre con la decepción. Supongo que habrá que buscarla en los tribunales (y hasta en ese sitio dudo), pero con dificultad existe en una relación personal (la que tiene corporalidad, y voz y piel). Es una quimera: desable y poco más.
    Creo que si alguien se expone, o se sobreexpone, en busca de la realización de un deseo, eso sólo habla de valentía y de impulsos de vivir, aunque se vea con un tinte algo alocado en esta sociedad esquizoide de riesgo y pacatería por igual. Y el hecho de que el otro pueda comportarse de manera necia o miserable, estropeando por imbecilidad o cobardía algo que podría haber merecido la pena, sólo habla de su mezquindad, no de la tuya. Cada uno tendrá que saber si quiere aceptar una relación donde no medie la ética, como tú dices. Yo no tengo respuesta, pero me temo que a mí la falta de ética no me acaba de molar. Y muy bien lo dices cuando lo llamas “doble conciencia”, que equivale a decir “para que él no cargue con la castración (la falta que surge del deseo), cargo yo con las dos: la suya y la que ya traigo yo – como cualquier otro sujeto – de serie”. Y de eso nada, monada. A eso hay que negarse. Yo me niego al menos, porque no me alimentaría nada y siempre me sentiría insatisfecha. No es manía por lo absoluto, es que ¿sería una feliz con algo tan achatado entre las manos? Salvo que se mantenga la relación en un campo puramente físico sin que intervenga lo afectivo; en ese caso, obviamente, yo no cargaría con nada, la “falta” del otro me daría igual absolutamente y para la injusticia o la falta de ética no habría ni espacio, salvo lo que es la exigencia de unos mínimos respecto a elegancia etc. (Claro que de aquí surge la siguiente pregunta: si “lo más profundo es la piel”, ¿cómo categorizar una relación únicamente sexual? ¿Es de menos categoría que otra en donde medie el amor? Bueno, en este post hablo de lo traumático que es la falta de la palabra amorosa para la mujer y el por qué. Y supongo que en este tipo de contacto esa palabra está excluida, por eso se acaba manejando a veces con dificultad por tantas mujeres. Divago, perdona.)
    Las psicoanalistas que leo ahora insisten en que en la actualidad el varón heterosexual tiene mucho miedo al goce femenino y huye de él. Ese goce lacaniano misterioso que rebosa los límites (y que yo no acabo de dejar de ver como algo un pelín esencialista porque no todas somos iguales). Dice Lacan que el sujeto mujer es el que goza de una manera femenina, es decir una “mujer-no-toda”; no toda fálica, vamos, con un goce que excede y no se contiene en lo puramente fálico. Y que eso al otro le da mucho yuyu. ¿Leiste mi post sobre la degradación del objeto, una reflexión sobre el texto de Colette Soler? Pues todo esto está ya ahí, y ella lo dice muy bien. Pero analizarlo no resuelve para nada la duda que surge luego: ¿Y qué hago? ¿Me expongo corriendo el riesgo de encontrarme luego con ESO? Pues yo creo que sí. Y si luego lo que una encuentra no es lo que quiere o necesita, mirar hacia otro lado.
    Al final todos vivimos el momento histórico que toca y somos eso: bios politikos, y ahora estamos en medio de un mundo en cambio absoluto en todos los sentidos. Este mundo que Lipovetsky denomina de hipermodernidad (que no ya de postmodernidad) en el que todo es esquizofrénico: consumo hasta morir y sufro por si no se recicla bien el plástico que dejan mis compras; no ingiero nada para estar delgada y compro cremas hidratantes de uva, papaya o melón, para que lo que no me meto por la boca me entre por la piel… Deseo el cuerpo del otro (lo necesito) y lo rehúyo. Pero eso ya lo decía Thomas Avena, un magnífico poeta muerto recientemente de SIDA, que detectó (y poetizó) la necesidad de tocar y de retirarse de ese contacto por miedo, anhelando justo lo contrario de lo que se hace (búscalo en mi blog; es un post del año 2009, creo).
    En fin, Gemma, ¡a la mierda los que desechan a Mallarmé! Hay un campo de contacto (llámese cultura o sensibilidad compartida) que es algo erótico y que no es “sublimar”.
    Yes, you are right: aviadísimos vamos – TODOS.
    Besotes.

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  3. Si “lo más profundo es la piel”, no hay relación únicamente sexual (o lo que se entiende comúnmente por ella) nunca. Yo ahí soy reichiana (ya, ya sé que al final se volvió tarumba): quienes “solo” tienen relaciones sexuales, están disociando cosas que de fábrica iban juntas. Bueno, no sé, no voy a negar la experiencia de otras personas, pero ya estoy harta de que se me pida que disocie porque a otro le conviene así.

    Por otra parte, y aunque analizarlo no sirva para nada, me surge la curiosidad: ¿por qué un goce no todo fálico tiene que resultar amenazador para un hombre?

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  4. Absolutamente de acuerdo. Esa disociación a mí no me resulta nada fácil y como yo decía, ese “lo más profundo es la piel” impide de hecho (en mi caso) ya toda disociación de ese tipo, cosa que lamento. O si disocio, lo que me traería entre manos pasaría a ser algo tan de segunda que acabaría por volatilizarse. Cosa que lamento otra vez. Pero creo que hay que replantearse muchas cosas en ese sentido. Yo al menos.
    Lo de que los hombres cada vez soportan menos ese goce femenino incontenible no lo digo yo sino psicoanalistas cuyo nombre te puedo dar. Intuyo que ese goce que no se contiene sólo en ellos y que se desborda mucho más allá de ellos es lo que les da tanto mal rollo. Algo que no controlan y que por ajeno se convierte en un otro amenazante y enigmático. Pero eso son sus fantasmas y con ellos tendrán que vivir o ir al analista. Te mando un mail. Y me debes un final de historia. BS.

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