Posteado por: Marisol Sánchez Gómez | 4 marzo 2014

LA NOVELA HA MUERTO: ¡VIVA HBO!

TRUE DETECTIVE: último éxito de la cadena norteamericana HBO. Ecos de ese sur americano pegajoso y místico, brutal y lánguido de Capote, O’Connor, Faulkner y la genial McCullers con gotas de los cacúmenes de Poe y Ambrose Bierce. Nihilismo e imposibilidad à la Zodiac, una película que me impresiona no importa cuántas veces la vea.

TD1 Frente a las series españolas, herederas en su mayor parte del costumbrismo de los Alvarez Quintero, que en realidad perpetúan y se nutren de la cultura (o la ética) de la resignación, las series americanas se han convertido en el gran artefacto cultural del siglo XXI, con esos protagonistas cósmicamente aislados que habitan unos márgenes inhóspitos en los que en realidad nos encontramos todos: Tony Soprano, un cafre con ataques de ansiedad que se desmaya cuando ve patos que vienen volando a su piscina, capaz de traicionar por salvar su cuello y mantener a la vez extrañas fidelidades; Walter White, ese oscuro profesor de química metido a gángster que canta “A Horse with No Name” a gritos por el desierto de Nuevo México en un momento en que su cáncer de pulmón le da un respiro; Jesse Pinkman, un drogota majete, siempre viviendo en el filo pero capaz de mantener una posición ética en los momentos más duros; Rust Cohle, un personaje digno de admiración e infinita piedad, un habitante de su propia psicoesfera, desengañado y lúcido, abrumadoramente solitario, aislado y pesimista, que mantiene su independencia  – a pesar de las presiones del sistema – por los brumosos pantanos de Louisiana. ¿No somos también ellos de alguna manera? ¿No hay algo profundamente humano en todos estos seres que deambulan por las series muy acompañados pero más solos que la una? ¿No estamos todos íntimamente solos en estos tiempos en que el lazo social está roto y la red se plantea como  la gran alternativa-espejismo de relación y empatía con otros?

Los guionistas de estas series están impregnados de la cultura del momento en todas sus facetas y han mamado a Foucault, Derrida y Stuart-Mill, regurgitándolos de una manera mucho más eficaz y atractiva que la de nuestros cátedros de filosofía universitarios, quienes se esfuerzan inútilmente por mantener el paso ágil que les demanda la sociedad actual. Los chicos ya no leen; sólo ven series. Y es que las series acabarán siendo la literatura visual de las nuevas generaciones digitales para quienes incluso el DVD ya es algo obsoleto existiendo series.ly. La novela ha muerto: ¡viva HBO!

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(Gracias como siempre a mi amiga Amparo Jiménez, porque sin nuestras conversaciones no habría sido posible esta entrada).

Posteado por: Marisol Sánchez Gómez | 6 febrero 2014

MY LOVE, MY LOVE. COME SOON. I AM IN TORMENT

Salutations are forbidden me. Closing words are a thing I refuse to contemplate, let alone pen. This is therefore a letter without beginning, without end. A fitting reflection of my love. My love, my love. Come soon. I am in torment.

 Tessa Dare, Three Nights with a Scoundrel 

 

Estas palabras, que resultan al final de la novela de Tessa Dare haber sido escritas por un hombre que ama a otro, son a ojos de la protagonista que las descubre en unas cartas cuidadosamente escondidas y sin saber a quién van dirigidas, la vívida encarnación de un amor hecho palabra que ella ansía para sí misma.

Si todos necesitamos la mirada del Otro, las mujeres muy especialmente necesitan su palabra. Como dice la psicoanalista Mercedes de Francisco, “Lacan habla en su seminario  Encore del goce de lo femenino en el sentido de algo que algunas mujeres sienten pero que no pueden terminar de decir (…) El goce masculino tiene mucha mayor referencia al órgano, su goce es mucho más parcializado. Su forma de elección o de causa de deseo es mucho más fetichista (…) Sin embargo, para la mujer su goce sexual está muy enlazado al amor, a ser amada, a amar”. Para el psicoanálisis lacaniano la mujer siente la necesidad  profunda de escuchar esa palabra de amor que ancla su deseo en un real y que la libera de la soledad, una soledad especialmente sentida al hablar a los hombres.

Si partimos de lo anterior, de la innegable feminización de la cultura y del legendario vínculo entre público femenino y novela ¿es extraña la avidez lectora de novelas románticas por parte de muchísimas mujeres? ¿Qué encontramos nosotras en novelas que nos dejan sin aliento como Los dulces años o Separate Beds, de Lavyrle Spencer, Flores en la tormenta, de Laura Kinsale, las cuidadas novelas ambientadas en la época victoriana tardía de la chinoamericana Sherry Thomas, o las detallistas y delicadas descripciones y maravillosas historias del mundo en guerra en Europa de Eva Ibbotson, una autora cuyo lenguaje conjura unas imágenes inolvidables? La probable respuesta es que leemos en ellas las palabras que desearíamos oír, a manera de una suplencia que sustituye esa palabra de amor tan frecuentemente ausente en el hombre. Y estas palabras, como no podía ser menos, se escriben  – salvo contadísimas ocasiones – por mujeres.

Lo cierto es que las novelas románticas han sufrido el desprecio y la abierta hostilidad de la academia y de muchos críticos literarios y autores serios, y sus autoras han sido acusadas de venderse a una audiencia femenina aparentemente fácil de engañar y sin formar. Estas novelas han sufrido diseños de portadas espantosos y vulgares  dado el bajo concepto en que se tiene a su comunidad de lectoras  – que para sorpresa de ignorantes, son con mucha frecuencia extraordinariamente activas en foros, webs y clubs de lectura on-line, donde manifiestan gusto y exigencia, reclaman a las editoriales las traducciones de autoras concretas muy valoradas y rechazan con agudeza lo mal escrito y las historias absurdas – y se han visto categorizadas con la etiqueta de “literatura rosa”, es decir, algo menor, para mujeres, olvidando que muchos de estos libros, a pesar de soportar portadas lamentables, presentan hermosas historias con una delicada escritura y un apasionado espíritu detrás.

S.Thomas

Y, ¿no suenan estos ataques familiares? ¿No han sido históricamente minusvaloradas las mujeres que osaban escribir con éxito? Los discursos antinovela basados en prejuicios de género no son nuevos. Podemos recordar aquí a Eliza Haywood en el siglo XVIII y después a Jane Austen y Elizabeth Gaskell, entre muchas otras, quienes se opusieron con su maestría a aquellos que consideraban sus obras, las novelas, una forma inferior de literatura.

Y es que no toda la ficción romántica puede ser rechazada como literatura-fórmula de usar y tirar. Obras como las anteriormente nombradas y muchas otras (pienso ahora en Judith Ivory, Daisy Goodwin, Susan Elizabeth Phillips o en algunos momentos Judith McNaught, además de Georgette Heyer, cuyo impacto merecería un estudio propio) que se integran en la tradición de la literatura popular romántica reescribiéndola, merecen una atención seria por parte de la crítica ya que en todas ellas se observa una re-apropiación de ciertas convenciones relativas al género en literatura además del hecho de proporcionar un enorme placer a sus lectores, no sólo a las mujeres, a través de textos inteligentes y creativos. Novelas que no pretenden tramposamente ser un producto elevado pero que, curiosamente, con frecuencia resultan serlo.

Cabría preguntarse si, como dice Susan Ostrov Weisser en la introducción a Women and Romance: A Reader, el amor romántico en las novelas, debilita o empodera a las mujeres. ¿Es “una ilusión debilitante, una forma de falsa conciencia” – dice – “o la comprensible expresión de una necesidad humana universal?”.  Esas novelas en las que el amor se construye o deconstruye y en las que con tanta frecuencia el cuerpo está en juego, son leídas por una comunidad ingente de lectoras ávidas y es precisamente esa avidez lectora la que constituye una manifestación despepitada de goce no fálico. Y es que todo, con demasiada frecuencia en nuestra vida, es anhelo.


Posteado por: Marisol Sánchez Gómez | 20 noviembre 2012

EN PRESENCIA DE LA AUSENCIA, de Mahmoud Darwix (o “Lo que fue tuyo será tu infierno”)

El pasado día 6 de noviembre se otorgó el Premio Nacional de Traducción 2012 a Luz Gómez García por su exquisita traducción de En presencia de la ausencia, de Mahmoud Darwish. El jurado, del que yo formaba parte, eligió este poemario de entre las diferentes obras que los miembros habíamos elegido previamente. Aunque las obras presentadas eran en general trabajos serios e interesantes y algunos de ellos incluso muy hermosos, no todos presentaban el mismo nivel de calidad filológica (¿Cuándo se erradicarán por fin esos feos laísmos y leísmos que tanto empobrecen ciertas páginas? ¿Cuándo comprenderemos que a veces buenas traducciones llevan a compañadas inmerecidamente prólogos tan mediocres – escritos en ocasiones por el mismo traductor/a – que la positiva impresión inicial ante unos los versos bien traducidos se desploma inevitablemente tras la lectura de dicho prefacio sumiéndonos en una decepción tan grande que hace que la obra quede inmediatamente excluida del premio? ¿Se leen algunos críticos/miembros del jurado los prefacios de las obras que ellos mismos proponen? Y si es así, cuando éstos son tan mediocres, ¿cómo pueden proponerlas?). Complicadas reflexiones íntimas para una sesión en la que un jurado en el que predominaba un cierto gusto conservador en sus valoraciones, llegó finalmente a la conclusión de que los ensoñadores versos en prosa con los que Darwish recrea su biografía de presente-ausente en un mundo destruido, habían encontrado en su traductora española el perfecto vehículo de expresión.

Y qué mejor que recordar las palabras del poeta nacional palestino fallecido en 2008 ahora que, una vez más, las bombas, la destrucción y el terror azotan inclementes Palestina.

Larga vida a la tierra cautiva Palestina.

“Te dejé y me eché a la calle a despedir a los que habían aprendido a esconder las lágrimas y blandían sonrientes sus fusiles, y se me clavaron en las entrañas los signos de victoria de unos dedos ajenos a lo que se les había amputado. Escuché vítores de aliento y bravura para nuevos comienzos. Los ideales son ascuas. Y el camino, la búsqueda del camino mismo. Sobreviviremos y venceremos. No pude llorar más, la rabia calcinó mis lágrimas. No podía mirar al presente. El entusiamo en su más alto grado se apoderó de mí. El sol de mañana iluminaba mis entrañas. Era como si yo fuera más fuerte que yo mismo mientras pudiéramos volver a empezar, mientras nos quedaran nubes con que regar el desierto, gota a gota o a chaparrones… Ya se había cebado la injusticia lo bastante en nosotros como para además tener que reclamar justicia con las mejores inventio, dispositio y elocutio… No sonaron las sirenas al zarpar. Y desde entonces, siempre que no las oigo, me emociono. Grité. ¡Nos levantaremos en cada puerto, nos levantaremos y comenzaremos!”

Mahmud Darwix, En presencia de la ausencia (Valencia: Pre-Textos, 2011). Traducción de Luz Gómez García.

Posteado por: Marisol Sánchez Gómez | 14 mayo 2012

HOMENAJE A ADRIENNE RICH EN MADRID

Posteado por: Marisol Sánchez Gómez | 6 mayo 2012

ADRIENNE RICH: TRADUCCIONES (o el amor como mecanismo de control)

 

TRADUCCIONES

Me muestras los poemas de una mujer

de mi edad, o más joven,

traducidos de tu idioma

 

Algunas palabras aparecen: enemigo, horno, tristeza

suficientes para saber

que es una mujer de mi tiempo

 

obsesionada

 

con el Amor, nuestro tema:

lo hemos hecho trepar como hiedra por nuestros muros

lo hemos cocido como pan en nuestros hornos

lo hemos llevado como plomo en nuestros tobillos

lo hemos observado por los prismáticos como si

fuera un helicóptero

que trae comida a nuestra hambruna

o el satélite

de un poder hostil

 

Empiezo a ver a esa mujer

haciendo cosas: removiendo el arroz

planchando una falda

mecanografiando un manuscrito hasta el amanecer

 

intentando llamar

desde una cabina

 

El teléfono suena sin que lo contesten

en el dormitorio de un hombre

le oye diciéndole a alguien

No te preocupes. Se cansará.

le oye contándole su historia a su hermana

que se convertirá en su enemiga

y que, cuando llegue la hora,

alumbrará su propio camino hacia la tristeza

 

ignorando el hecho de que esta forma de dolor

es compartida, innecesaria

y política

 

(“Translations”, Diving into de Wreck, 1973. Traducción de María Soledad Sánchez-Gómez. Poema publicado en Sentir los mundos: poetas en lengua inglesa, edit. Huerga y Fierro, 2001)

Creación de Marina Abramovic y Robert Wilson
Música: Antony, William Basinsky, Matmos y Svetlana Spajic Group
Madrid, Teatro Real, abril 2012

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Carlos Soto y Marina Abramovic. Photographs by Lucie Jansch

La representación comienza con tres figuras con las caras cubiertas por unas inexpresivas máscaras blancas tumbadas sobre sendos ataúdes con un obsesivo zumbido de fondo. Unos perros husmean piezas rosadas (¿de carne?) esparcidas por el escenario, piezas que nos retrotraen inmediatamente al recuerdo de la video instalación de 1997 “Balkan Baroque”, perturbadora pieza en la que la artista Marina Abramovic emergía ensangrentada de una montaña de huesos de vaca rosados y sanguinolentos y con la que ganó el León de Oro en la Bienal de Venecia de ese año. Esta efectiva escena nos hace entrar directamente en lo que a continuación vamos a presenciar: la muy particular elaboración de la biografía de la performer serbia Marina Abramovic y su concepción de la performance artística como la experimentación del propio cuerpo – eje absoluto de su producción – empujado hasta sus límites para probar su resistencia última al peligro y al dolor; un límite no sólo físico sino también mental, algo dirigido metafóricamente hacia la liberación personal y comunitaria, a la vez que se convierte en la forma de hacer físico el dolor psíquico para así ponerle cerco.

Willem Dafoe. Photographs by Lucie Jansch

Willem Dafoe, maquillado como el Joker de Batman, es el narrador, a veces corifeo, que nos va introduciendo en cada uno de los tableaux-vivants que van apareciendo en escena y a los que él a veces se suma como personaje. Incansable, titánico, recita cientos de fechas con acontecimientos casi telegrafiados de la vida de Abramovic, navega entre noticias y fechas extraídas de cartas y periódicos que repite una y otra vez. El director escénico Robert Wilson es quien ha decidido qué es pertinente y qué no de la ingente masa de información personal y profesional que la artista le ha proporcionado y así escuchamos cómo en un momento determinado le llega su primera menstruación, cómo observa las pistolas de sus padres en la mesilla, cómo decide durante un tiempo hablar cantando o piensa en tirarse por la ventana, cómo se separó de su primer compañero de vida y performance (el alemán Ulay), cómo conoció  al amor de su vida en el año 1997 y cómo rota de dolor sufrió su abandono años después. Tras las primeras emisiones de información, la voz de Antony surge atronadora, como una potente declaración de intenciones: “Os voy a contar una historia negra y triste: mi soledad, mi dolor… Una historia contada a mi manera y vista por los ojos de un hombre”. Es decir, ésta es la manera (de Wilson), y es contingente: podría ser otra pero él ha elegido ésta, más centrada en la violencia enmarcada en lo personal e íntimo, al menos en la primera parte.

La música de William Basinsky y Antony, el cantante transgénero que en esta obra encarna la presencia del dolor, son, junto al excelente despliegue actoral de Dafoe, sin duda lo mejor de la función. La música, sensible y oportuna, enmarca y acentúa los momentos terribles de esta biografía en los que Robert Wilson introduce siempre una pequeña sonrisa burlona que da oxígeno al espectador. La puesta en escena estilizada y minimalista pero con un marcado toque estético surrealista, de personajes con movimientos hieráticos casi de figura de guiñol, tiene una evidente influencia de la cultura visual del cómic como ya es habitual en este director escénico al que se acusa, no sin cierta razón, de mantener siempre el mismo tipo de discurso escénico. Así, la madre de Marina (personaje representado por ella misma) entra en escena vestida y peinada como el hada Maléfica de La Bella Durmiente precedida del terror de unos pasos que retumban amenazadores. La propia Marina-niña es una Minnie Mouse de Belgrado que observa extasiada la nueva lavadora que sus padres han sido los primeros de esa ciudad en adquirir. La historia política de fondo se va tejiendo de esta manera con pinceladas sutiles que pueden pasar fácilmente desapercibidas. Por eso, quizás, algunos críticos dicen echar de menos en esta ópera posmoderna una mayor evidencia de la circunstancia política de Yugoslavia y sus repercusiones en el seno familiar, obviando que una familia que es la primera en tener lavadora en Belgrado es una familia evidentemente integrada de manera cómoda en la Yugoslavia de Tito (de hecho, sus padres habían sido partisanos durante la guerra y eran importantes figuras del Partido Comunista). Por otro lado, muchas de las performances a las que hacen referencia ciertas escenas fueron en su momento pensadas por Abramovic como una manifiesta crítica a la obsesión controladora y represiva del sistema totalitario de ese país y a su violenta historia (véase la pieza “Cómo matamos ratas en los Balcanes”, también perteneciente a “Balkan Baroque”, recitada por Dafoe de un manera artificiosamente histriónica, distanciada y burlona, provocando incomprensiblemente la risa de algunos espectadores que prefirieron ignorar que lo que se narraba allí era la trágica tendencia depredadora en aquellas tierras a devorarse los unos a los otros). Pero sobre todo, destaca esa madre-totalitaria, proyección en el ámbito de lo íntimo del sistema de control totalitario de Tito: una madre-estado que impide soñar, crear, relacionarte o escapar y que es capaz de golpearte y mandarte inmediatamente al hospital a curarte; un hospital en el que las normas son exhaustivas y en el que las camas terminan ardiendo mientras un grupo de personajitos con pijamas amarillos destroza el mobiliario tras haber entonado largamente una cantinela. “Estoy ardiendo de amor, estoy ardiendo de rabia, estoy ardiendo de humor”, cantan. Y es que prácticamente toda la obra plantea la oscilación entre la sumisión y la insumisión de la protagonista: una artista indómita que tarda inexplicablemente 28 años en separase de una madre que reina en una casa en la que la obediencia impuesta y el desprecio a la singularidad de la hija son ley. ¿Cómo no entender y emocionarnos con las hermosas palabras que Antony compone para que Christopher Nell (actor del Berliner Ensemble y cantante, para el que incomprensiblemente Wilson no diseña un aplauso final diferenciado claramente merecido) vestido de Minnie Mouse se las dirija a su madre en “Dream Crusher”? Plenamente consciente de lo que sucede con esa madre-estrago, una Marina-Minnie canta decidida que piensa crecer hacia “la luminosidad de su error” para que sus sueños no sean aplastados. Tremendas palabras para una figurita infantil, pequeña y desempoderada que, bravucona, intenta darse ánimos en medio de la oscuridad de esa madre-muerte que planea omnipotente sobre el escenario. Trágico periplo de una mujer de la que se cuenta cómo con catorce años jugaba en su casa a la ruleta rusa mientras de nuevo Christopher Nell entona suavemente un “Why I feel so alive?” (“¿Por qué me siento tan viva?”), señalando la confusión existente entre esa vida y la muerte.

Christopher Nell. Photographs by Lucie Jansch.

Photographs by Lucie Jansch

Efectivamente, Abramovic parece haber transitado durante demasiados años a merced de una figura materna terrible escuchando sus dichos obsesivos respecto al sexo que debe ser reprimido, al dolor que debe ser soportado sin una queja, a la obediencia a lo que no debe cambiar. Impactante escena en la que Dafoe recita estas frases maternas, esos significantes-amos que sin saber muy bien por qué elegimos y dirigen nuestra vida: los personajes, vestidos de manera variopinta, desfilan por un suelo rojo delante de una pantalla sobre la que se proyectan imágenes obsesivamente rápidas y repetitivas de un mercado callejero de los años cincuenta. La música y el coro expresan una duda probablemente muy personal (“si una mujer se hace daño a sí misma, ¿Dios la perdona o la desprecia?”) y enmarcan el momento en que Abramovic, vestida de madre-madastra, se quita finalmente la máscara hierática y blanca que cubre su cara. Ya no es más su madre. Se ha distanciado. Es un nuevo comienzo.

La segunda parte, más hermética que la primera, nos trae como platos fuertes a Dafoe – cantando su lamento y extrañeza ante la manera en que Marina se hiere a sí misma en una espectacular escena en la que el actor gatea entre nubes u olas de humo – y dos canciones de Antony de extraordinaria solemnidad, sensibilidad y belleza. El cantante, cubierto durante toda la representación con un vestido negro que tiene un corsé rígido que asemeja una jaula, transmite una profunda emoción al interpretar las maravillosas “Cut the World” y “Volcano of Snow”, ésta última a dúo con la voz bella y enigmática de Christopher Nell. “Volcano of Snow” va precedida por los sugerentes cantos balcánicos funerales compuestos por Svetlana Spajic, que dan fin a la representación de la misma manera que empezó, esta vez con una Abramovic que se eleva (como en su preformance, “The Kitchen”) entre otras dos figuras como un ángel blanco sobre su tumba en una resurrección en la que la consciencia final de la performer es definida como “un volcán de nieve” y “la inmaculada constelación de la blancura”. Impasible, con un melancólico extrañamiento, Marina nos observa y se observa más allá del dolor desde sólo uno de los tres ataúdes que se enterrarán simultáneamente el día que muera. Será su última performance. La vida y la muerte a escena.

Abramovic, Antony y C. Nell, escena final. Photographs by Lucie Jansch

(Enlace a las fotografías de Lucie Jansch: http://www.flickr.com//photos/robertwilson/sets/72157627047813335/show/)

Texto: María Soledad Sánchez Gómez. De próxima aparición en TRASVERSALES.

Posteado por: Marisol Sánchez Gómez | 29 marzo 2012

UN POCO MÁS SOLOS: MUERE ADRIENNE RICH (1929-2012)

Adrienne Rich, en la lectura poética celebrada en París, en la librería Village Voice, en julio de 2006.

No tengo palabras para expresar la sensación profunda de pérdida personal que siento desde que hace unas horas he sabido que Adrienne Rich había muerto ayer, 27 de marzo, a los 82 años, víctima de las complicaciones producidas por la artritis reumatoide que sufría desde hacía décadas.

Adrienne representó en mi vida no sólo el contacto con una voz poética excepcional que me comunicaba de una manera tremendamente original cosas esenciales, sino el impacto incuestionable de un ser humano lúcido y extraordinariamente honesto que me ayudó a ordenar mi pensamiento crítico y, por qué no decirlo también, mi vida personal, por el mero y nada trivial hecho de transfundir valentía, honestidad y sinceridad en cada una de sus palabras. Con ella aprendí lo necesario que era reivindicar la palabra “marxismo”, hoy tan aparentemente poco trendy, y a reírme de aquellos profesores universitarios campanudos y ridículos, sometidos muchos de ellos sin criterio personal alguno a las reglas del “publica o perece” y alejados de la literatura como algo que es sangre y sudor y lágrimas y tan esencial como el pan. Aprendí que lo personal es inseparable de lo político y que la imaginación tiene el poder subversivo de hacernos soñar con un mundo diferente; que siempre hay que plantearse la opción del “¿qué pasaría si…?”, y que los pequeños actos de supervivencia cotidiana de los desfavorecidos, de los excluidos de la gran mesa del capitalismo occidental, tienen también el poder de transformar el mundo; que el lugar y el momento en que se produce un texto son esenciales a la hora de analizar ese acto de escritura y que olvidarlo (como un cierto sector de crítica muy establecida hace) traiciona el significado último de ese texto; que el lenguaje es poder y que el desprecio del otro es ya de por sí un gesto que antecede a cualquier política autoritaria y fascista.  En sus textos, sus entrevistas y sus poemas, brillaba una verdad muy personal que siempre me ayudó (a mí y a muchos y muchas más) a no sentir miedo, a no sentirte sola, a no percibirte absurda cuando sospechabas que tu verdad íntima se hallaba en algo que a veces tu entorno no compartía.

Recuerdo cuando me escribió diciéndome que en la lenta y triste recuperación de una intervención quirúrgica había recibido “nuestro” libro; refiriéndose a la Antología poética publicada en la editorial Renacimiento en 2002 que yo había seleccionado, traducido y prologado. Me habló de la inmensa alegría que había sentido con “nuestro libro en sus manos”, una generosidad innecesaria que me conmovió profundamente. Recuerdo también cuando la conocí y vi su diminuta figura cruzando la puerta de la librería Village Voice, en París, en la que Rich iba a leer varios poemas suyos, una calurosa tarde de julio de 2006. Ella misma me había invitado a ir. Sentí una enorme emoción al verla, pequeña, delgada y escudada en un andador, pero con una voz llena de autoridad que logró el silencio absoluto de manera inmediata. Toda su figura irradiaba fuerza y autoridad. Allí estaban Mavis Gallant, Michelle Cliff y Marylin Hacker, entre otras, pero su figurilla imantaba, brillaba con luz propia. Cuando acabó la lectura se irguió con dificultad para plantarme dos besos en un saludo alegre y cariñoso. No creo que llegara al metro cincuenta pero ante mis ojos se erguía como un titán, una giganta.

Descansa en paz, querida amiga.

Adrienne Rich y Mavis Gallant, en la cena tras la lectura poética. Me pareció que se divirtieron mucho.

NOTA: Aquella tarde en Village Voice, Rich leyó “El arte de la traducción” y “La escuela entre las ruinas”. Mi traducción de ambos poemas se publicó en diversos medios que he enlazado. Véanse también en este blog diversas entradas referidas a Adrienne Rich.

Posteado por: Marisol Sánchez Gómez | 12 febrero 2012

RAFEEF ZIADAH: EL DOLOR PALESTINO EN “WE TEACH LIFE, SIR!”

La poeta y activista palestino-canadiense Rafeef Ziadah declamó este apasionado poema en Londres el pasado mes de noviembre. A medio camino entre el rap y el recitado árabe no leído, siempre apasionado, gesticulado y de pie, en este caso ante un micrófono (nunca olvidaré la apasionante conferencia de Edward Said, transmitida de igual manera ante la impresionada audiencia del Círculo de Bellas Artes de Madrid en 2002), la autora nos comunica algo esencial que converge con el pensamiento de la también poeta y activista norteamericana de origen judío Adrienne Rich: el lenguaje nunca es suficiente para transmitir la magnitud del estrago y el dolor. Dirigiéndose a la manera de Dickinson en su bello poema “I am In Danger-Sir” a un poder masculino ausente pero omnipresente e indiferente a su dolor,  Ziadah intenta desesperadamente romper la barrera que ese sombrío poder establece y utiliza para ello unas palabras en las que no confía, trozos de incómoda información televisada no siempre en prime time, o pes que suenan como bes para burla del civilizadísimo y despreciativo primer mundo, que no tiene en cuenta que los niños palestinos no pueden asistir a cursos de idiomas en Inglaterra o Irlanda en el verano. Cada vez más airada y conmovida, con un poema lleno de fuerza, verdad y belleza, Ziadah protesta ante las excusas para la inacción utilizada por muchos que se sirven de la exquisitez filológica para rechazar de una manera radical lo que los excluídos nos comunican, y que le piden siempre a los oprimidos que olviden su odio y su dolor. Y es que la vida es, en muchos rincones del planeta, un acto de puro y descarnado dolor a la intemperie imposible de olvidar. Y no hay palabras para esto, excepto ellos mismos.

(En recuerdo de Yemen, Túnez, Siria, Libia, Palestina, Egipto y tantos países árabes y sus víctimas.)

Gracias a Patricia Bobillo Rodríguez  por traducirlo y a Gemma Márquez por enviármelo.

Rafeef Zidah

Posteado por: Marisol Sánchez Gómez | 14 diciembre 2011

DOS POEMAS DE NAZIM HIKMET

DESDE LAS CUATRO CÁRCELES

POEMA Nº 2

Estoy extraordinariamente contento de haber venido al mundo,

amo su tierra, su luz, su lucha y su pan.

A pesar de conocer hasta el centímetro la medida de su circunferencia

y de saber que no es más que un juguete al lado del sol

el mundo es increíblemente inmenso para mí.

Hubiese deseado

recorrer el mundo, ver los peces, las frutas, los astros que no he visto

y, sin embargo,

solamente en los libros y los mapas viajé por Europa.

No he recibido ni siquiera una carta

con su sello azul matado en Asia.

Lo mismo yo que el tendero de mi barrio

somos totalmente desconocidos en América.

Pero qué importa:

desde la China a España, desde el cabo de Buena Esperanza a Alaska,

en cada milla marina, en cada kilómetro tengo amigos y enemigos.

Amigos que no nos hemos saludado ni una vez siquiera

sin embargo, podríamos morir por el mismo pan, la misma libertad

la misma nostalgia.

Y enemigos sedientos de mi sangre

como yo sediento de la suya.

Mi fuerza:

es que no estoy solo en este inmenso mundo.

El mundo y sus hombres no son ningún secreto para mi corazón,

ningún enigma para mi ciencia.

Nazim Hikmet (Salónica, 1901- Moscú, 1963)

AUTOBIOGRAFÍA

ESCRITA EN BERLÍN ORIENTAL EL 11.9.1961

Nací en 1902.

Jamás he vuelto a mi ciudad natal.

No me gusta volver atrás.

A los tres años, en Halep, ejercité la profesión de nieto de pachá,

a los diecinueve la de estudiante en la universidad de Moscú,

a los cuarenta y nueve otra vez en Moscú:

y desde los catorce años escribo poesías.

Hay hombres que conocen mil variedades de hierbas, otros

conocen variedades de peces,

yo, de separaciones.

Hay hombres que saben de memoria el nombre de cada estrella,

yo, el de las nostalgias.

He dormido en las cárceles y en los grandes hoteles.

He pasado hambre. Casi no existe plato que no haya probado

incluido el de la huelga de hambre.

A los treinta años han querido ahorcarme,

a los cuarenta y ocho quisieron concederme la medalla de la Paz

y me la concedieron.

A los treinta y seis, necesité seis meses para recorrer

cuatro metros cuadrados de sombrío hormigón.

A los cincuenta y nueve, en dieciocho horas, volé

desde Praga a La Habana.

En 1951, en un mar, en compañía de un amigo,

anduve sobre la muerte.

En 1952, con un corazón cascado, tendido sobre la espalda,

esperé la muerte más de cuatro meses.

Fui locamente celoso de las mujeres a las que amé.

No le tuve ninguna envidia a nadie, ni siquiera a Charlot.

Engañé a mis mujeres.

Nunca hablé mal detrás de mis amigos.

He bebido, sin llegar nunca a borrachín.

Siempre con el sudor de mi frente

gané mi dinero. ¡Qué suerte para mí!

Sentí vergüenza ajena. Mentí.

Mentí por piedad.

Pero nunca dije mentiras porque sí.

He montado en tren, en avión, en coche.

La mayoría no lo consigue.

He ido a la ópera.

La mayoría no consigue ir

a la mezquita, la iglesia, el templo, la sinagoga, los hechiceros;

ni siquiera ha oído hablar de la ópera.

Sin embrago, desde los veintiún años no voy

a muchos sitios adonde va la mayoría,

pero suelo hacerme leer el porvenir

en los posos del café.

Mis escritos están impresos en cuarenta idiomas

y prohibidos en mi Turquía, en mi propia lengua.

No tengo aún el cáncer,

tampoco es obligación padecerlo.

Nunca seré primer ministro ni cosa parecida,

tampoco me gustaría serlo.

No fui a la guerra

Pero tampoco bajé a los refugios en medio de la noche.

No me arrastré en las carreteras

huyendo de los aviones que vuelan a ras de tierra.

Cerca de los sesenta me enamoré locamente.

En pocas palabras, amigos míos

Aunque esté hoy en Berlín muriendo de nostalgia,

puedo afirmar

que he vivido como un hombre.

En el tiempo que me queda por vivir

¿qué podrá ocurrirme aún?

Chi lo sá?

Posteado por: Marisol Sánchez Gómez | 10 noviembre 2011

LESBOFOBIA Y POESÍA LESBIANA CONTEMPORÁNEA EN ESTADOS UNIDOS

La poesía contemporánea lesbiana en Estados Unidos nos remite a actos de supervivencia y sentimientos de ira. Su rechazo al sexismo y la homofobia se entremezcla con el rechazo al racismo, al desprecio a los mayores o a los menos útiles, todos ellos prejuicios sustentadores del sistema patriarcal. De la misma forma, la conexión de esta poesía con la política sexual hizo que muchos de los versos fueran polémicas denuncias de la violencia histórica que la lesbiana, al igual que la gente de los guetos, se ha visto obligada a soportar. La “lesbofobia”, palabra utilizada por Adrienne Rich, Audre Lorde y otras autoras, ofrece una explicación del odio, el miedo y la ira que la existencia del lesbianismo produce en mucha gente. Como ciertas autoras han denunciado, internalizar este prejuicio es algo destructivo para la que lo experimenta, a la vez que sostiene el sistema de opresión, basado tradicionalmente en la culpabilización de las víctimas. Frente a ello, como sostiene Adrienne Rich en su ensayo de 1980 “Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana”, es necesario hacer una lectura distinta a la del opresor, huyendo de las definiciones clínicas del término lesbianismo hasta incluir “una gama de experiencia identificada con mujeres – en la vida de cada mujer y a lo largo de la historia – no simplemente el hecho de que una mujer haya tenido o deseado conscientemente una experiencia sexual genital con otra mujer”. Al plantear el concepto del continuum lesbiano, Rich expande el significado de lo desviado, lo anómalo, lo monstruoso, más allá del reduccionismo de un pensamiento categorizante y lo lleva hacia un marco conceptual más expansivo y flexible; un cambio dentro de la dicotomía existente en el orden heterosexual, que toma siempre la parte masculina como universal. Estas prácticas fetichizantes del pensamiento heterosocial han negado la posibilidad de diferencia o multiplicidad. De ahí que para sobrevivir fuera de este marco haya sido necesario contar con un nuevo tipo de pensamiento. En esta coyuntura, las poetas lesbianas, se convirtieron en portavoces y prácticamente en teóricas de la homosexualidad.

Dado que las diferencias en la orientación sexual – como las diferencias de clase, raza o cultura – se traducen en relaciones diferentes con la distribución de poder y la producción de significado, esta poesía, que desmonta una subjetividad lírica convencional, presenta al mismo tiempo un discurso disruptivo, y así redefine la relación entre la subjetividad y las posiciones de poder y privilegio. Las poetas lesbianas, por tanto, han tenido que imaginar su propia existencia, articulando de manera distinta su visión de lo diferente dentro de una cultura heterosexista, planteando diversas estrategias de resistencia dentro del marco de las construcciones heterosexuales, pero teniendo en cuenta a la vez que su poesía amplía los planteamientos del Movimiento Feminista, en sus orígenes blanco, occidental y de clase media. En la actualidad, poetas como la inglesa afincada desde hace años en Estados Unidos Judith Barrington, han destacado el hecho de que las diferencias entre lesbianas son “como océanos” y no pueden ser ignoradas, a la vez que nombran y celebran lo que se convierte poco a poco en algo cada vez más impredecible:

El Atlántico no es gris

el Pacífico no es gris verdoso

el Egeo verde claro, aunque apenas conocemos

las palabras para describir las diferencias.

Hay lugares, sin embargo,

donde los dibujos en el agua

que guían a los marineros

tienen nombres en ciertos idiomas.

(“Nombrando las olas”, mi traducción)

(Extracto de mi artículo “Una poesía completamente nueva empieza aquí: poesía lesbiana contemporánea en Estados Unidos”, publicado en Que sus faldas son ciclones, Madrid: Egales, 2008)

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