DESDE LAS CUATRO CÁRCELES
POEMA Nº 2
Estoy extraordinariamente contento de haber venido al mundo,
amo su tierra, su luz, su lucha y su pan.
A pesar de conocer hasta el centímetro la medida de su circunferencia
y de saber que no es más que un juguete al lado del sol
el mundo es increíblemente inmenso para mí.
Hubiese deseado
recorrer el mundo, ver los peces, las frutas, los astros que no he visto
y, sin embargo,
solamente en los libros y los mapas viajé por Europa.
No he recibido ni siquiera una carta
con su sello azul matado en Asia.
Lo mismo yo que el tendero de mi barrio
somos totalmente desconocidos en América.
Pero qué importa:
desde la China a España, desde el cabo de Buena Esperanza a Alaska,
en cada milla marina, en cada kilómetro tengo amigos y enemigos.
Amigos que no nos hemos saludado ni una vez siquiera
sin embargo, podríamos morir por el mismo pan, la misma libertad
la misma nostalgia.
Y enemigos sedientos de mi sangre
como yo sediento de la suya.
Mi fuerza:
es que no estoy solo en este inmenso mundo.
El mundo y sus hombres no son ningún secreto para mi corazón,
ningún enigma para mi ciencia.
AUTOBIOGRAFÍA
ESCRITA EN BERLÍN ORIENTAL EL 11.9.1961
Nací en 1902.
Jamás he vuelto a mi ciudad natal.
No me gusta volver atrás.
A los tres años, en Halep, ejercité la profesión de nieto de pachá,
a los diecinueve la de estudiante en la universidad de Moscú,
a los cuarenta y nueve otra vez en Moscú:
y desde los catorce años escribo poesías.
Hay hombres que conocen mil variedades de hierbas, otros
conocen variedades de peces,
yo, de separaciones.
Hay hombres que saben de memoria el nombre de cada estrella,
yo, el de las nostalgias.
He dormido en las cárceles y en los grandes hoteles.
He pasado hambre. Casi no existe plato que no haya probado
incluido el de la huelga de hambre.
A los treinta años han querido ahorcarme,
a los cuarenta y ocho quisieron concederme la medalla de la Paz
y me la concedieron.
A los treinta y seis, necesité seis meses para recorrer
cuatro metros cuadrados de sombrío hormigón.
A los cincuenta y nueve, en dieciocho horas, volé
desde Praga a La Habana.
En 1951, en un mar, en compañía de un amigo,
anduve sobre la muerte.
En 1952, con un corazón cascado, tendido sobre la espalda,
esperé la muerte más de cuatro meses.
Fui locamente celoso de las mujeres a las que amé.
No le tuve ninguna envidia a nadie, ni siquiera a Charlot.
Engañé a mis mujeres.
Nunca hablé mal detrás de mis amigos.
He bebido, sin llegar nunca a borrachín.
Siempre con el sudor de mi frente
gané mi dinero. ¡Qué suerte para mí!
Sentí vergüenza ajena. Mentí.
Mentí por piedad.
Pero nunca dije mentiras porque sí.
He montado en tren, en avión, en coche.
La mayoría no lo consigue.
He ido a la ópera.
La mayoría no consigue ir
a la mezquita, la iglesia, el templo, la sinagoga, los hechiceros;
ni siquiera ha oído hablar de la ópera.
Sin embrago, desde los veintiún años no voy
a muchos sitios adonde va la mayoría,
pero suelo hacerme leer el porvenir
en los posos del café.
Mis escritos están impresos en cuarenta idiomas
y prohibidos en mi Turquía, en mi propia lengua.
No tengo aún el cáncer,
tampoco es obligación padecerlo.
Nunca seré primer ministro ni cosa parecida,
tampoco me gustaría serlo.
No fui a la guerra
Pero tampoco bajé a los refugios en medio de la noche.
No me arrastré en las carreteras
huyendo de los aviones que vuelan a ras de tierra.
Cerca de los sesenta me enamoré locamente.
En pocas palabras, amigos míos
Aunque esté hoy en Berlín muriendo de nostalgia,
puedo afirmar
que he vivido como un hombre.
En el tiempo que me queda por vivir
¿qué podrá ocurrirme aún?
Chi lo sá?







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